No hablo de despedidas…

Estoy a unas semanas de ver a mi hermana. Tenemos vacaciones familiares pendientes y no la he visto en 11 meses. Les mencionó esto porque limpiando los archivos encontré una de mis tareas de maestría y quería que quedara guardada aquí porque disfruto mucho regresar a releer lo que escribo para recordar como me sentía en ese momento.

NO HABLO DE DESPEDIDAS

Las nubes parecían camas de algodón y no había limite para el cielo azul. Sentada en aquel avión, con muchas mariposas en el estómago, miraba a través de la ventana. Me preguntaba como pasa tan rápido el tiempo y me daba cuenta de que ni siquiera esas nubes, que me daban una sensación de paz y a la vez de libertad, eran iguales.

Crecimos en un mismo entorno, pero cada una desarrolló una personalidad distinta. Compartimos los mismos valores, pero cada una eligió su propio camino. Y estaba ahí, sentada en ese avión, camino a poner mis pies en una tierra donde sus habitantes creen que los mangos son frutas exóticas, donde el plato típico no incluye los frijoles ni las tortillas de maíz, para encontrarme con mi familia y desearle un futuro brillante a mi hermana.

Quizás aquella niña que caminaba con pies descalzos en calles de tierra, soñaba con una familia sin tener que despedirse de ella.  Pero ella también sabía cómo era tener que dejar a sus padres para poder crear un futuro mejor para sí misma.  Conoció la soledad y no siempre tuvo quien estuviera a su lado para apoyarle, pero nunca se dejó vencer. ¿Se repite la historia? Al fin, los cuatro juntos. ¿Cómo serian esos últimos días? Lo mejor era no pensar en eso hasta que llegara el momento. Había que disfrutar el calor que brindaba el sol de los últimos días de verano.

Dicen que para los papas es más difícil, solo que nunca lo admiten. Tener que dejar volar al polluelo más pequeño del nido. Pero para esto se trabaja, para asegurar el éxito de las futuras generaciones. Para proveerles de oportunidades a aquellos a quienes su propia tierra les niega el pan. Porque una vez que has visto lo que se te ha negado, no quieres que los tuyos tengan que aguantar lo mismo.

A mis ojos, esto siempre ha sido lo que mas he admirado. No se conformaron con lo que la vida les había dado, sabían que había cosas mejores. A veces fueron condescendientes, pero siempre enderezaron el palo para que no se les torciera mientras crecía.

Estábamos ahí. Todos juntos, llorando. Porque una vez que la distancia entra en la ecuación, la dinámica cambia.  Nos abrazamos. Y caminamos hacia el carro sintiendo un vacío inmenso en el corazón. Había un espacio menos en el carro, y el silencio entre tristeza y alegría, tomo ese lugar para acompañarnos.

Nos consoló saber que ella estaría mejor, que la veríamos en unos meses y que aquel cuarto vacío que encontraríamos en la casa, pronto volvería a estar ocupado por su ropa tirada en el suelo, la música fuerte y su risa.

Los lazos construidos con amor, ni las tormentas mas fuertes los rompen. Si volábamos en lo alto, ellos también volaban en alto. Porque nuestros fracasos y nuestras victorias siempre han sido compartidas.

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